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Cumplí mi fantasía de penetrarlo y ganamos 2.000 tokens

Confesiones SIN CENSURA

Cumplí mi fantasía de penetrarlo y ganamos 2.000 tokens

 

Somos una pareja de jóvenes recién hechos webcam. En la página yo lo seduzco para hacerle el amor y sin decírselo no puedo evitar pensar en lo excitante que sería penetrarlo. Espero impacientemente el momento. Me pregunto qué sentiría si yo actuara como un hombre; imagino que tengo un pene en la mitad de mis piernas y con solo verlo en mi mente, ya lubrico en perversiones que se confunden entre mis sueños y la realidad de mi alcoba.

Una noche un usuario nos llevó a un privado y preguntó que por si 2 mil tokens yo lo penetraba. Decidida, contemplé a Camilo y le comenté; “dale amor, de todo hay que probar en la vida”. Pobrecito… no se alcanzaba ni siquiera a imaginar lo que por la cabeza se me pasaba.

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Estaba en la cama, al frente de la cámara, esperaba ansiosamente desnudo. Lo vi recostado e inquieto y no pude reprimir una leve sonrisa de maldad. Saqué unas cuerdas y una venda diciéndole; cierra los ojos. No dio crédito al fuego malicioso que había en mi mirada. Preguntó que qué haría con eso, solo le respondí que cerrara la boca y obedeciera, que si no lo hacía no habría diversión.

Camilo no fue capaz de apartar la mirada de la cámara, aunque nervioso también sabía que estaba muy excitado, así que se dejó guiar pensando en lo que haría, supongo que imaginó que solo era un juego, una de tantas tretas que en general invento para estimularlo.

 Sorprendido y sin decir palabra, seguramente por miedo a quedar iniciado, observó la habilidad con la que lo ataba a la cama. Soy astuta, me aproveché afirmándole que debemos hacer bien el show para nuestro cliente, mientras me las ingeniaba para que su cuerpo me permitiera hacer los movimientos que se me vinieran en gana, deseando que aquella carne tendida en la cama no fuera un obstáculo para las contorsiones casi gimnásticas que siempre soñé para él. 

Vendé sus ojos y  un poco nervioso, intentó oponerse, pero escuchó mi voz imponente cuando lo mandé callar. Estaba inquieto, mientras yo lo veía ahí, impotente, sin poderse mover sabiendo que en ese momento todo sería decisión y obra mía.

Con una voz suave, dulce y angelical, escondiendo así la mirada de fuego que él, asustado, no puede ver, le pregunté:  ¿Me amas? Comprendía que era necesario tranquilizarlo, así que susurré a su oído tiernamente palabras llenas de amor, él solo escuchaba. Noté que poco a poco comenzaba a relajarse, su respiración se iba normalizando y confortable en su comprometida posición, mientras el usuario observaba de cerca.

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Me acerqué a él y fui acariciando su cuerpo suavemente y fui sintiendo como su sexo despertaba dejándose llevar por mi capricho. Tenía tantas ganas de él que empecé a mojarme y a percibir el calor producto de aquella imagen que soñé en mis noches de soledad masturbándome en solitario, imaginando un pene erecto y de mucha fuerza entre mis piernas, mirando un espejo grande que tenía frente a la cama deseando poder penetrar a un hombre por detrás, dejando de lado aquel papel que siempre representé para muchos varones cuando me pedía que me pusiera en cuatro. Mirando mi propio reflejo, descubriendo la expresión perversa que me hacía venir incontables veces, para que al fin esa noche tomara las riendas de la situación y disfrutara de la realidad fantástica y casi femenina, de gemidos que sabía podía arrancarle a mi pareja.

Lo besé por las partes más remotas de su piel, estábamos excitados, vi que gozaba del calor que producían mis labios en contacto con su sexo. Abrí mi boca y humedecí con saliva su falo, lo lamí, hasta sentir sus temblores en mi garganta. Escuché sus gemidos y eso me impulsó a explorar los rincones de sus nalgas, besé aquí y allá, notando como su inconsciente lo hacía abrir poco a poco las piernas; no conocía el acto, aunque quizás lo deseaba. Yo con una de mis manos, separé sus glúteos para observar ese agujero negro rugoso que se cierra como un ojo y, ayudándome con los dedos, abrí aquella pequeña caverna y mete revoltosamente mi lengua saboreando la existencia que ofrecía aquel íntimo rincón.  Por mi cabeza solo pasaba un pensamiento; si lo doblegaba, él por siempre me pertenecería.

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Camilo gimió, para él era algo distinto. Los disfrutaba y yo por mi parte sentí cómo mi húmeda lengua penetraba su agujero. Flexionaba sus piernas y levantaba las caderas para facilitar mi labor. Escuchando su trémula voz, pensé que podía avanzar en mi mórbida visión, hábilmente saqué una pequeña caja escondida bajo la cama, busqué con mi mano algo que me hizo sonreír maliciosamente. Era un pene de goma, grande, color carmesí y en la parte que simulan los testículos había un pequeño botón, era el control del vibrador.

 El aparato con su sonido hizo que aquel cuerpo frágil, que ahora me pertenecía, se estremeciera, ansioso, a pesar de mi miedo. Escuché únicamente su respiración agitada, acerque aquel artefacto observando atentamente el hoyo que unos segundos después exploraría. Puedo decir que aquella escena me excitaba cada vez más, su cuerpo se estremecía hasta el tuétano de sus huesos y sintiendo la calentura al interior de mis muslos que estaban a punto de reventar, no soporté más.

Lascivamente jugué alrededor de ese orificio que es mío, mis labios estaban mojados e inflamados mientras su rostro encendido gozaba de satisfacción. Recorrí sus gruesas nalgas haciendo circunvalaciones a su alrededor, lo lamí y puse la punta del consolador en el objetivo, preparé el camino, metiendo la punta de mis dedos. En ese punto escuche a aquel hombre suplicando que no lo violara, que no fuera más lejos, mientras que su cuerpo y sus piernas aún abiertas y ansiosas revelaban sus oscuras pasiones, él quería que siguiera aunque tuviera miedo de doblegar su hombría.

No paré, sino que seguí con mis dedos lubricados un poco más, hasta que poco a poco me decidí por penetrar su ojuelo introduciendo, primero, la punta que simulaba el glande. Allí realicé contorciones suaves y ligeras, para ir poco a poco metiéndome en sus entrañas, saqué aquel aparato, vertí en él un poco de gel, volví a deslizar mis dedos por esa exquisita zona y metí profunda y violentamente el juguete en Camilo.

Sé, descifrando sus movimientos, que Camilo disfrutaba plenamente de esta acción; gimió como una nena que pierde su virginidad, él nunca había probado satisfacción igual. Vi en sus entrañas contracciones que lo empezaron a hacer estallar con la estimulación del pene vibrador adentro. Él soportaba el ardor producido, como si sus intestinos estuvieran atorados, convulsionados, arremetiendo con violencia contra las paredes de su abdomen. Los sintió vibrar y su cuerpo no sabía cómo moverse, gozó, sé que gozó, a tal punto de comenzar a gritar de placer.

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Saqué y metí continuamente aquella arma bélica, lo hacía tan sádicamente que sus movimientos pélvicos forcejeados con violencia, demostraban que él estaba muy excitado, su goce era evidente por la expresión de su rostro contraído y trémulo, así como la abertura de su boca que pedía más.

Estaba mojada de sentir dentro de mí un río de placer, me sentía tan desbordada que no aguanté más y saqué de la caja otro consolador, de mayor tamaño que el que lo penetraba a él. Fuertemente me lo introduje hasta que sentí que tocó las profundas porciones de mi carne entrando hasta mi cuello cavernoso. Arremetí una y otra vez con rapidez contra mi propio sexo.

Mire a Camilo por el espejo, él aún mantenía sus ojos desorbitados y ya casi se venía. Sus fuertes alaridos femeninos me excitaban más y más; aquellos penes de plástico no paraban de entrar y salir de nuestros agujeros que estaban a punto de explotar. Nos escuchamos, el sonido de aquellas voces acrecentó la intensidad de nuestros orgasmos, nuestro ritmo respiratorio estaba practicante ahogado, hasta que al fin, entre alaridos y gemidos el éxtasis llegó.

 Me dejé caer rendida ante aquella experiencia. Ahora sé que luego de este encuentro nunca más podremos mirarnos sin contener una sonrisa maliciosa, llena de complicidad y secreto.

Mariana

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